Arte visual

Celeste, de Cecilia Álvarez
Si llegaste hasta aquí, probablemente ya viste la portada de Celeste. Y quiero contarte que esa imagen no fue elegida al azar.
Desde que la historia comenzó a tomar forma en mi mente, siempre imaginé a Celeste rodeada de un ambiente muy particular: luces, escenarios, humo, música… pero, sobre todo, una profunda dualidad. Quería que quien viera la portada sintiera belleza, sí, pero también cierta melancolía. Que transmitiera la sensación de que detrás de una artista admirada por millones existía una mujer que cargaba silenciosamente con sus propias batallas.
Por eso, cuando conocí la obra de la artista mexicana Cecilia Álvarez, sentí que había encontrado mucho más que una pintura. Había encontrado a Celeste.
Su manera de retratar la figura femenina, la fuerza de los colores, la atmósfera casi onírica de su trabajo y la sensibilidad que transmite cada pincelada conectaron inmediatamente con la historia que llevaba años escribiendo.
No quería una portada creada únicamente para llamar la atención en una librería. Quería una obra que pudiera hablar por sí sola. Que invitara a detenerse unos segundos antes de abrir el libro. Que despertara preguntas.
Porque, de alguna manera, eso también hace esta novela.
La pintura original de Cecilia Álvarez se convirtió en la portada de Celeste gracias a su generosidad y a la confianza que depositó en este proyecto. Para mí fue un privilegio enorme poder unir dos formas de arte que admiro profundamente: la pintura y la literatura.
Me gusta pensar que esta historia comienza incluso antes de la primera página. Comienza aquí, frente a una mujer que parece mirar hacia algún lugar lejano, envuelta en tonos azules, con una serenidad que quizá solo existe en apariencia.
Espero que, cuando termines de leer la novela, vuelvas a mirar esta pintura.
Tengo la sensación de que ya no verás exactamente la misma mujer.
