Celeste. Primer capítulo

Gracias por tu interés en mi trabajo…
Me alegra compartir contigo el primer capítulo de Celeste: a la sombra de la fama. Espero que disfrutes esta lectura y que te anime a descubrir la historia completa.

LABERINTOS

El autobús avanzaba con su habitual traqueteo, mientras el paisaje desfilaba como manchas difusas más allá de la ventana. Apoyada contra el cristal, sentía la vibración que venía con cada bache en la carretera. Su cuerpo entero lo padecía; cada golpe en el asfalto reavivaba el dolor que le taladraba la sien. Afuera, las nubes comenzaban a espesarse, acumulando una oscuridad que presagiaba tormenta. El aire dentro de su camarote tenía ese aroma a tapicería nueva y perfume de lavanda que no podía neutralizar del todo el olor a tabaco y ginebra que se había impregnado en su piel.

En otro momento, habría encontrado algo de inspiración en la naturaleza que los rodeaba, pero hoy todo lo que alcanzaba su vista le era sofocante; la atmósfera ideal para que sus pensamientos más deprimentes tomaran el mando.

Cerró los ojos un instante. Unas cuantas imágenes de la noche anterior seguían titilando en su cabeza: las luces cegadoras que la obligaban a cantar a tientas, el rugido de los altoparlantes, las pantallas LED gigantes con su imagen ligeramente desfasada. Recordó el sudor resbalándole por la espalda, el pulso de la batería marcándole el corazón, sus compañeros dándolo todo en el escenario y los momentos en los que el público dejó de ser público y se volvió un solo cuerpo respirando al ritmo de su voz.

La música era su mundo. Su reino forjado con esfuerzo y una determinación feroz que la mantuvo firme ante quienes aseguraban que jamás llegaría tan lejos… Y lo había logrado. Ahora, los premios, las entradas agotadas con anticipación y las multitudes que coreaban su nombre eran parte de su realidad; un eco de victoria que la acompañaba como una sombra.

Había ansiado tanto estar ahí. Dejando el alma en cada instante, persiguiendo melodías hasta volverlas canciones, pasando noches largas en estudios, repitiendo una toma hasta que sonara exactamente como sonaba en su interior.

Y, sin embargo, ahora, bajo el peso del cansancio y un vacío difícil de etiquetar, ese fervor parecía lejano. Los aplausos se habían desvanecido como si recordara un simple sueño, dejando solo una neblina gris a su paso.

Estaba en la cima, con la banderilla del triunfo en la mano, y aun así algo no encajaba. Cada logro prometía cerrar una grieta y, apenas alcanzado, se abría otra más honda.

Unas golondrinas cruzaron el cielo surcando el aire con una despreocupación que le causó una punzada en el pecho. Envidió esa libertad; la forma en que volaban juntas hacia algún lugar, siguiendo nada más que su impulso. Esa sensación de autonomía y certezas no era más que un recuerdo en su vida. Ahora todo giraba en torno a expectativas, responsabilidades, contratos y una presión por la perfección que el mundo le exigía. Añoraba esos tiempos sencillos, antes de que el éxito la convirtiera en un espectáculo constante, donde cada gesto era analizado y no existía espacio para mostrar su yo real.

Bajó la mirada hacia sus manos, consciente de que su fuerza de voluntad no bastaba para detener su temblor. Era otra factura más que su cuerpo le venía cobrando por los excesos. Un adormecimiento doloroso subía lentamente hacia sus hombros y cuello. Un shot de un trago cualquiera le ayudaría a calmar esa sensación; solía hacerlo con regularidad y era algo que nunca fallaba para estabilizarla, al menos por un instante. «Fuego con fuego», pensó. Pero también sabía que Roger no permitiría que Mijaíl ni ningún otro miembro del grupo le acercara algo con el más mínimo grado de alcohol; no después del desastre que fue la entrevista después del concierto. Cerró los puños en un intento por contener su pulso.

El zumbido del teléfono la sobresaltó. Vibraba sobre el asiento de terciopelo. En la pantalla apareció Robert Downey Jr., joven, con esa sonrisa ladeada imposible de confundir. No era él, obviamente. El nombre debajo tampoco: así lo había guardado porque era su actor favorito y porque eso despertaba en Armin unos celos más teatrales que reales.

Se suponía que iban a reunirse después del concierto. Lo habían esperado durante semanas. Ahora, cualquier rastro de eso se le escapaba como arena entre los dedos. Inhaló lento, intentando atravesar la bruma que envolvía su mente. Su imagen en la primera fila seguía ahí; después, todo era confuso.

—Hola, corazón. ¿Cómo amaneció la mujer más guapa este día?

Al otro lado de la línea se oían pasos que se cruzaban sin detenerse, voces apuradas y la de alguien anunciando embarques por un altavoz. Lo imaginó moviéndose con prisa, pero con esa naturalidad de sentirse dueño de cualquier espacio.

—Amanecí, que ya es ganancia, pero, sin duda, he tenido días mejores. —Su voz rasposa difería mucho de la melodiosa, esa que le había llevado hasta donde estaba.

—No lo dudo. Perdóname por salir sin despedirme. Cuando vi el reloj esta mañana, entré en pánico, y lo último que quería era despertarte. Sabía que necesitabas descansar después de tantas emociones.

Primera pieza del rompecabezas confirmado. Sí, se habían encontrado en el hotel. Las neuronas que le quedaban vivas se esforzaban por recuperar las piezas faltantes.

—No es la primera vez que pasa ni será la última. Ya sabes cómo es esto… —Forzarse por aparentar control y avanzar la conversación siguiendo las pistas que él le iba dando le dejó un amargo sabor a vergüenza.

—Lo sé, pero las cosas van a cambiar pronto. Estamos comprometidos en eso, ¿no?

Las palabras de Armin flotaban amontonadas al otro lado de la línea. Se empeñó por seguirle el ritmo sin éxito. Solo se centraba en la palabra clave de cada frase. Pero cuando mencionó a Roger, preguntando si el incidente con la periodista había terminado en un confrontamiento, le fue inevitable recordarlo esta mañana antes de subir al autobús. Roger le había enumerado, uno a uno, no solo los errores cometidos frente a la prensa, sino todos a lo largo de su carrera. Negándole cualquier probabilidad de defensa.

—Ni modo, nena, este tipo de espectáculos son también parte del show —continuó—. No dejes que eso opaque lo de anoche. Ya sabes cómo funciona este medio: hoy te señalan, mañana se ensañarán con otro. Tú tranquila. Como siempre te digo…

«Esto también pasará», repitieron al unísono.

—Entonces descansa, cariño. Tómate las pastillas que te dejé esta mañana en el buró, te van a reanimar. Tu bienestar es lo único que importa ahora.

A varios kilómetros de distancia, sintió el calor de un abrazo. Armin parecía dominar el arte de sostenerla en medio del caos. Con él encontraba refugio y tempestad a la vez. Como en la música, donde la pausa no es vacía, sino parte de la melodía, el ritmo entre ellos fluctuaba entre armonía y tensión. Él representaba la calma después del crescendo, pero también la nota inesperada que nunca se sostenía demasiado tiempo, capaz de alterar toda la composición.

La puerta del camarote se abrió. Roger entró y, sin pedirle su consentimiento, se sentó frente a Celeste.

—¿Estás mejor? —preguntó, aunque ambos conocían la respuesta.

Se quitó los audífonos y suspiró; el cansancio seguía ahí, instalado, sin intención de moverse.

—Sé que metí la pata, Rosh. No hace falta que me lo recuerdes.

El silencio se volvió incómodo en el espacio reducido.

—Celeste, esto no es solo por lo de anoche. Lleva tiempo acumulándose. Has ido perdiendo el control poco a poco. —Apoyó el codo en la mesa, invadiendo su espacio sin tocarla—. Ya no se trata solo de las noticias exageradas que deben estar inundando las redes…

Los titulares se le ordenaron solos en la cabeza: Celeste pierde los estribos en plena entrevista. ¿La diva romántica al borde del colapso? Entre música y alcohol: otra estrella en caída libre. No necesitó leerlos para sentir el golpe.

Su público —acostumbrado a su dulzura, a la imagen pulida que vendía, a asociarla con la serenidad de sus canciones— empezaría a cuestionarla.

—¿Recuerdas lo que dijiste cuando vimos el documental de Whitney? —prosiguió—. Dijiste que era una lástima que tanto talento no le haya bastado para disfrutar la gloria que había alcanzado. Y ahora no puedo evitar pensar en eso; en cómo la historia se repite ante mis ojos.

Levantó la vista de golpe. Enderezó la espalda, como si el comentario la hubiera sacado a empujones de su encierro.

—No soy ella. Son situaciones totalmente diferentes. ¿Qué te pasa? Solo fue una mala noche.

Roger no retrocedió.

—Sé que no te gusta que te compare. Pero no encuentro otra forma de hablarte sin que levantes un muro. Lo de anoche no es el escenario con el que tanto soñamos. Eso no eres tú.

Celeste apretó la mandíbula, desviando la mirada apenas un segundo, lo suficiente para no darle la razón en voz alta.

—Llegar aquí no fue como ganarse la lotería; trabajamos demasiado para esto —continuó—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a dejar que se te escape así? ¿Tienes problemas? Habla y lo resolvemos. Pero, por el amor de Dios, deja de sabotearte.

—Lo siento, Roger. De verdad. Estoy agotada. La gira, la presión, la prensa… todo. —Las palabras le pesaban; se cubrió el rostro con las manos un instante—. Jugar a que soy perfecta ya me hartó. Es como si otra vez estuviera fuera de lugar, como si no encajara en ningún momento. Esto me está rebasando. Creo que ya no puedo…

Roger no se acercó. No venía a consolarla.

—Entonces busquemos ayuda.

—Ya vas a empezar otra vez con lo mismo. —Reclinó un poco más el respaldo, buscando una comodidad que no terminaba de llegar.

—Hay que buscar soluciones.

—Lo que tú llamas soluciones no funciona conmigo. Lo he intentado.

—Un par de sesiones con el psicólogo no cuentan como intento, Celeste. Se necesita algo más serio.

—¿Crees que no lo sé? Claro que lo intento, pero todo es temporal. Apenas empiezo a sentir algo de claridad, vuelve el cansancio, la ansiedad, esa sensación interna de que el vacío es cada vez más grande.

La expresión de Roger cambió; no para bien. Era un terreno ya recorrido, una discusión que volvía sin avanzar.

—Entonces no queda más que rehabilitación. No serías la primera ni la última en acudir a una clínica para equilibrar su mente.

—Olvídalo. Bastante tengo con el acoso de la prensa. No voy a permitir que ahora me etiqueten de drogadicta o de maniática. Eso no va a pasar. —Cruzó los brazos—. Solo necesito una pausa. Un tiempo para apartarme de tantas exigencias y dejar de sentir que todo se me viene encima.

—Sabes que eso no es posible, cielo. Tenemos la agenda llena. La misma que deseamos tener cuando cada contrato esporádico llegaba casi como un milagro, ¿lo recuerdas?  —Su tono se suavizó—. Haz que esto sea más fácil. Voy a buscar la clínica más discreta posible; nadie tiene por qué enterarse.

Negó con repetidos movimientos de cabeza, frunciendo el ceño, como si la sola idea le provocara dolor físico.

—No lo decidamos ahora —continuó él, cuando se disponía a pararse—. Piénsalo. Cerramos el Auditorio y después vemos qué hacemos… Recuerda que no estás sola, Celeste, estoy aquí para ti, no solo para cubrirte cuando las cosas se descontrolan.

Su mánager salió del camarote sin mirar atrás. Desde la parte delantera del bus se filtraron risas y murmullos muy conocidos. Cuando la puerta se cerró, el clic resonó más fuerte de lo normal, a la vez que el autobús seguía su trayecto, indiferente. Celeste dejó que su cuerpo se derritiera en el sillón, se permitió soltar un largo suspiro y, por primera vez, no supo si lo que venía sería su salvación… o la grieta definitiva.

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